Sacrificios humanos en la Biblia (tomado de Antonio Piñero)
Sacrificios humanos en la Biblia (tomado de Antonio Piñero)
Se ha sostenido por diversos investigadores que hasta la época de la redacción definitiva del libro del Deuteronomio (hacia los años del destierro: s. VI a. C.: otros la sitúan más tarde: en torno al 400 a.C.) se habían practicado en Israel sacrificios humanos, a los que los israelitas habrían atribuido singular valor mágico pues constreñían especialmente a la divinidad. Curiosamente, al parecer el ofrecimiento de hijos y otros sacrificios humanos no se suele dar en las religiones más primitivas, sino en las que han experimentado un cierto desarrollo.
Textos al respecto son los siguientes: 2 Re 21,6 (el rey Manasés de Judá “hizo pasar a su hijo por el fuego”); en general: 2 Re 23,10 ("pasar por el fuego a un hijo en honor de Mólec"); Jr 7,31: “Y edificaron los altos de Tofet… para quemar allí sus hijos y sus hijas…” ; 19,5-6: “…Y edificaban los lugares alto a Baal, para quemar sus propios hijos como holocausto a Baal…”; Is 57,5: "degolladores de niños en las torrenteras y en los resquicios de las peñas". Indirectamente: Ez 16,20s; 23,37. También Miq 6,7: "¿Daré (a Yahvé) mi primogénito por mi rebeldía...?"
El presupuesto de este tipo de ritos es la creencia que la divinidad puede mandar lo que le apetezca. Ofrecer lo que más cuesta será bien recibido. Esta suposición tiene lógica y al parecer es la que debía de subyacer a tales sacrificios, que el entorno púnico y cananeo practicaba. Así los ammonitas, moabitas, egipcios y pueblos cananeos. Para los moabitas hay un testimonio en 2 Re 3,27:
"Viendo el rey de Moab que llevaba la peor parte en la batalla... tomó a su primogénito... y lo alzó en holocausto sobre la muralla... y hubo gran cólera contra los israelitas que se alejaron de allí..."
Por lo visto, el sacrificio tuvo éxito. Para los ammonitas tenemos los pasajes de Lv 18,21; 20,2; y para los pueblos arameos en general, 2 Re 17,31.
El sacrificio humano aparece, como es bien sabido, en Gn 22 (sacrificio de Isaac). Abrahán hasta el último momento cree obedecer a Dios, pero éste detiene el sacrificio. Sin embargo, el autor del texto no polemiza contra tal sacrificio y acepta su posibilidad.
Según Hyam Maccoby, The sacred Executioner (“El sacrificador sagrado”) Londres 1982, 191, y también en su obra Paul and Hellenism (“Pablo y el helenismo”) Londres 1991, 66, existe un fragmento de un midrás (una paráfrasis a un pasaje de la Biblia, normalmente con ánimo pedagógico o de lectura pidadosa), con la signatura Cambridge Univ. Library MS Or. 1080, Box I; 48, que permite percibir una versión anterior a esta historia: Isaac sufre la muerte, pero luego es resucitado y accede al ámbito de lo divino. Hay exegetas que opinan que la modificación con final feliz de la historia primitiva -que acababa con el sacrificio- es un alegato de protesta contra los sacrificios humanos en general y el de los hijos pequeños en particular.
Una historia más antigua, la de Jefté, acaba con la inmolación a Yahvé de la propia hija del héroe: "Jefté hizo un voto a Yahvé: 'Si entregas en mis manos a los ammonitas, el primero que salga de las puertas de mi casa a mi encuentro cuando vuelva victorioso del encuentro con los ammonitas, será para Yahvé y lo ofreceré en holocausto" (Jueces 11,30-31). Jefté obtiene una resonante victoria, pues Yahvé puso en sus manos a los ammonitas. Entonces, "Cuando Jefté volvió a Mispá, a su casa, he aquí que su hija salía a su encuentro bailando al son de las panderetas. Era su única hija; no tenía más hijos que ella. Al verla, rasgó sus vestiduras y gritó: '¡Ay, hija mía! ¡Me has desrozado! ¿Habías de ser tú la causa de mi desgracia? Se me fue la boca ante Yahvé y no puedo volverme atrás'" (vv. 34-35).
Tampoco encontramos en este relato ninguna crítica a Yahvé por hacer de Jefté un poseído del Espíritu, ni siquiera un reproche al monarca por cumplir estrictamente su voto. El relato indica con claridad que en tiempo de los Jueces no eran insólitos en Israel tales sacrificios. Aunque el escritor del libro de los Jueces parece tender un velo de discreción sobre el último acto de la historia, es claro que Jefté cumplió su voto. Es más, para conmemorar el hecho se instaura la costumbre ritual de llorar a la hija de Jefté cuatro días al año. Probablemente primero existió el rito y luego se forjó la leyenda para explicarlo.
Algunos judíos de hoy opinan que el silencio sobre el último momento de la muchacha indica que su padre no consumó el sacrificio. El texto bíblico, sin embargo, no permite esta interpretación. Los antiguos comentaristas judíos aceptaban el trágico final: Flavio Josefo, Antigüedades V 7,10; el tratado rabínico Bereshit Rabba, 60.
Desde el punto de vista de la historia de las religiones el treno por la muchacha inmolada debe ser puesto en relación con los lamentos de héroes o semidioses que sufren muerte cruel, Idomeneo en Virgilio, Eneida 11,264, o la misma Ifigenia. En tiempos muy arcaicos, en la villa de Braurion se conmemoraba su suerte en la festividad de Artemis Tauropolos con un sacrificio humano. Por otro lado, resulta curioso que Jefté es alabado, al menos indirectamente, en ciertos textos como 1 Samuel 12,11; Eclesiástico 46,11; Hebreos 11,32-34.
Un poco más tarde, en el siglo IX a.C., en época del rey Ajab, y con toda claridad también, encontramos el mismo bárbaro ritual. Un personaje de Betel, Jiel, reedificó Jericó. Dice el texto de 1 Reyes 16,34: "Al precio de Abirón, su primogénito, (es decir, sacrificándolo) puso los fundamentos de la ciudad, y al precio de su hijo menor, Segub, puso las puertas, según las palabras que dijo Yahvé por boca de Josué, hijo de Nun".
Yahvé parece permitir, al menos, que logren su efecto tan tremebundos sacrificios, pues la reconstrucción se lleva a cabo en contra de una maldición de Josué contra quien osara emprender la reconstrucción: "¡Maldito sea el hombre que se levante y reconstruya esta ciudad! ¡Sobre su primogénito echará su cimiento, y sobre su pequeño colocará las puertas!" (Jos 6,26).
Según algunos exegetas, sin embargo, no es seguro el sentido de "sacrificándolo" en el pasaje de 1 Reyes 16,34, como hemos interpretado arriba, ya que no se encuentran restos arqueológicos de tales tipos de sacrificio. Quizás -se añade- la muerte consignada en el texto fue accidental y fue interpretada por la tradición judía como castigo por no haber hecho caso a la maldición de Josué (6,26, que hemos citado a continuación). Pero, de admitirse esta explicación, sería necesario también postular un segundo "accidente", el del hijo menor, para la conclusión de las obras.
En 2 Samuel 21 (pasaje que comentaremos más adelante, en otro apunte, cuando escribamos acerca del poder de la maldición) se menciona también, clara aunque indirectamente, la eficacia de los sacrificios humanos. El esquema de lo que cuenta el texto es el siguiente: Yahvé, comprometido por un juramento quebrantado y una maldición posterior, causa una notable sequía que asola a Israel. Luego, por medio de un oráculo (21,1), exige una expiación; aplacado por sacrificios humanos, hace cesar la hambruna.
Ocurrió así: en tiempos de David hubo hambre durante tres años consecutivos. El monarca consultó el rostro de Yahvé, por los medios usuales, las suertes (urim) o por el oráculo de un profeta. La divinidad respondió: "Hay sangre sobre Saúl y su casa porque mató a los gabaonitas". El rey convocó a los responsables de esta tribu amorrea y les preguntó: "¿Qué puedo hacer por vosotros y cómo puedo aplacaros para que bendigáis la heredad de Yahvé?". Los gabaonitas respondieron: "Entréganos siete de entre los hijos de Saúl y los despeñaremos (esta traducción es problemática = hebreo hoka'num, del verbo yaqa', cuyo significado exacto se desconoce. También se propone: los "crucificaremos" o "empalaremos") ante Yahvé en Guibeá". Así se hizo. Se ejecutó cuanto ordenó el rey y, tras el sacrificio de los hijos de Saúl, "Dios quedó aplacado con la tierra" y cesó el hambre (vv. 1-14).
Hay en 1 Samuel 15,33 otra ejecución sagrada ante Yahvé, esta vez por parte de Samuel: se trata del conocido caso de la guerra contra los amalecitas, en la que Saúl no cumple con la ley del “anatema” (acabar con la vida de personas y ganado que la divinidad ha previamente decretado), sino que por intereses ocultos perdona la vida al rey Agag y a lo mejor del rebaño. Por esta falta Yahvé rechaza a Saúl y no acepta su arrepentimiento. Finalmente, Samuel despedaza a Agag ante Yahvé, con lo que al parecer la ira de Yahvé no cayó sobre todo el pueblo, sino sólo sobre el monarca.
Todavía en el siglo VIII a.C., época de Homero, en tiempos de la ruina del reino del Norte, el rey Ajaz de Judá "hizo pasar por el fuego a su hijo" (2 Reyes 16,3). Hay un curioso texto en Ezequiel (20,25-26.31) que parece indicar que los israelitas habían entendido demasiado al pie de la letra el mandato de consagrar los primogénitos a Yahvé (Ex 22,28-29): "E incluso llegué a darles preceptos que no eran buenos y normas con las que no podían vivir y les hice contaminarse con sus propias ofrendas, haciendo que pasaran por el fuego a todos sus primogénitos; era para infundirles horror, a fin de que supiesen que yo soy Yahvé".
Hay una réplica a este texto de Ezequiel en Jeremías 7,31 Dice Yahvé: "Han construido los altos de Tófet... para quemar a sus hijos e hijas en el fuego, cosa que no les mandé, ni se me pasó por las mientes". Es bastante difícil para una mentalidad de hoy comprender el texto de Ezequiel. Dice el comentarista de la Biblia de Jerusalén en nota al pasaje: "La teología primitiva atribuye a Yahvé las instituciones y deformaciones cuyos responsables son en realidad los hombres". Este comentario supone en el exegeta la posibilidad de rechazar el contenido de un texto profético bien claro. ¿Dónde está la frontera en la que hay que detenerse en el rechazo? ¿Hasta dónde lo permite el concepto de la inspiración divina del autor sagrado?
El pueblo podría haber deducido de sentencias proféticas como Miqueas 6,7 (“¿Aceptará Yahvé miles de carneros, miríadas de torrentes de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi delito, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?”) o parecidas, que la divinidad aceptaba esos sacrificios
(…)
Desde el punto de vista de la Historia de las religiones esos sacrificios están sin duda en la base de la dedicación a Yahvé de los primogénitos. En general los exegetas opinan que el yahvismo sublimó un rito bárbaro previamente existente entre los judíos: Israel sustituye el sacrificio humano por el de un animal, como en la cultura griega (Eurípides, Ifigenia en Aúlide, 1540). Eusebio de Cesarea (Preparación evangélica, I 10,29) aporta paralelos paganos para estos sacrificios. El Cronos fenicio (Baal) sacrifica al Cielo su único hijo: yedud, el "querido", o yeud, el "único" y el historiador Filón de Biblos aportaba un testimonio semejante (fragmento 2,24: Müller, Fragmenta Historicorum Graecorum [“Fragmentos de los historiadores griegos] III 569. 571).

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