Diego Fusaro. Salud y terror. El próximo ataque de guerra biológica y guerra psicológica 17/04/2025

 


El acuerdo alcanzado por la OMS, la Organización Mundial de la Salud, para la gestión global de nuevas pandemias se anuncia con júbilo en los últimos días. Todos los periódicos más leídos y, sobre todo, los más vendidos, nacionales e internacionales, recogen la noticia, en la que, evidentemente, ni siquiera aparece, por error, un análisis crítico: todos celebran, simplemente, al unísono el acuerdo alcanzado, como si se tratase de un gran logro que hay que celebrar por unanimidad. Yendo a contracorriente, como es habitual, nos gustaría hacer sólo dos consideraciones críticas. En primer lugar, sobre los procesos cada vez más radicales de supranacionalización: para decirlo esquemáticamente, la supranacionalización coincide con el vaciamiento de lo poco que queda de democracia en los estados nacionales soberanos. Los procesos de supranacionalización, ya sean los de la Unión Europea o los de la OMS, se basan invariablemente en la transferencia de decisiones soberanas de parlamentos nacionales, más o menos democráticos según los casos, a realidades supranacionales que puntualmente no tienen nada de democráticas, apareciendo en la mayoría de los casos como instrumentos de gobernanza neoliberal y tecnocrática, gestionadas autocráticamente por las clases dominantes. En resumen, la supranacionalización coincide con la deconstrucción de los espacios residuales de la democracia, una deconstrucción saludada por el orden discursivo dominante como si fuera una gran conquista: y así es siempre y sólo para la plutocracia neoliberal sin fronteras, que obviamente siempre logra imponer sus propios mapas conceptuales incluso a los de abajo que tendrían todo el interés en cuestionarlos. La segunda consideración que queremos hacer se refiere a la esencia misma de la gobernanza neoliberal en relación a las cuestiones de salud: hemos insistido ampliamente en ello en nuestro estudio "Global Coup. Therapeutic Capitalism and the Great Reset", un libro en el que hemos mostrado cómo la emergencia, incluida la sanitaria, es hábilmente utilizada por la clase dominante para propiciar un autoritarismo justificado en nombre de la propia emergencia y, al mismo tiempo, un reformismo desde arriba que impone medidas impopulares pero las presenta como necesarias para gobernar la propia emergencia. Medidas impopulares que, casualmente, siempre coinciden con políticas de clase que benefician a los de arriba contra los de abajo, que benefician a los amos y perjudican a los siervos, para utilizar la dicotomía de Hegel. Sin exagerar, las calamidades y las emergencias, las crisis y los trastornos de diversa índole aparecen como una oportunidad preciosa para los grupos dominantes, quienes rápidamente transforman estos acontecimientos catastróficos en instrumentos de dominación en beneficio del poder hegemónico. Foucault tenía sin duda razón cuando, en su curso sobre el nacimiento de la biopolítica, explicó que la máxima del neoliberalismo cristaliza en la fórmula vivre dangereusement, «vivir peligrosamente»:hasta tal punto que el neoliberalismo y la emergencia se convierten en un sistema y se transforman dialécticamente uno en otro. En resumen, las emergencias, desde la climática a la sanitaria, desde la financiera a la terrorista, son producidas por el orden turbocapitalista y, al mismo tiempo, son hábilmente empleadas por éste en clave gubernamental, para utilizar siempre el vocabulario de Foucault, es decir, aparecen a todos los efectos como métodos precisos de gobierno que utilizan la emergencia como estrategia para obtener conquistas de clase presentadas ideológicamente como medidas necesarias para reaccionar a la emergencia en nombre del interés de la seguridad de todos y cada uno. Las clases dominantes tienen razón, pues, en cantar victoria respecto al acuerdo alcanzado: las clases dominadas, en cambio, deberían preocuparse, y no poco, en lugar de alegrarse con la euforia propia del internamiento platónico en la caverna.

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